Lenguaje y espíritu

José Carlos Llop

Uno de los lugares que siempre visito en París es el Café Tournon, un bistrot situado en los bajos de lo que antes de la Segunda Guerra Mundial fue un pequeño hotel. Está al lado de los jardines de Luxemburgo y muy cerca de donde suelo alojarme. En ese hotel vivió Joseph Roth y en ese café pasó muchas horas, huido del nazismo. Por eso suelo visitarlo: Joseph Roth es uno de mis novelistas favoritos: sentado junto a uno de sus veladores de mármol murió. Estaba enfermo, alcoholizado, horrorizado con la amenaza de los alemanes sobre París. Sigue leyendo

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Las mentiras

Eduardo Jordá

En la biblioteca de la facultad de Letras de Palma, cuando estaba en Son Malferit, leí Las palabras y las cosas, el libro más conocido del filósofo francés Michel Foucault. Era un libro deslumbrante. Empezaba con una compleja meditación sobre Las meninas de Velázquez –el poder de la monarquía absoluta convertido en poco más que aire por un pintor cortesano– y luego se ponía a divagar sobre la americana y el bombín de Charlot. Sigue leyendo

Miedo

Eduardo Jordá

En YouTube alguien se dedicó a recoger algunas filmaciones de aficionados tomadas en Polonia cuando faltaban tres o cuatro días para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en el verano de 1939. Se veían parejas de enamorados bailando un fox-trot en un pantalán del mar Báltico, unos niños que jugaban en una calle, unos judíos barbudos que se reían en una callejuela del gueto, una mujer que miraba un escaparate. Sigue leyendo

Fenómenos paranormales

Eduardo Jordá

He aquí un fenómeno que tendrán que estudiar los psicólogos y los sociólogos del futuro (y quizá también los investigadores especializados en fenómenos paranormales): ¿cómo es posible que miles y miles de personas de alto nivel cultural –profesores universitarios, abogados, catedráticos, ingenieros, arquitectos, poetas, economistas– llegaran a estar convencidos de que todo el mundo aceptaría la independencia unilateral de Cataluña? Sigue leyendo

De Tintín a Guindos

HERMANN TERTSCH

FÍJENSE lo lapidario y exacto que ha sido Manuel Valls, el que fuera primer ministro socialista de Francia: «La independencia de Cataluña sería el fin de Europa». No le den más vueltas. Es así. Y no se dejen marear por la grotesca caza de papeletas y urnas, declaraciones, amenazas y pretensiones, patéticas admoniciones del gobierno de Madrid y desafíos macarras de los aprendices de pistoleros del separatismo callejero. El nacimiento del tintinesco reino del Cetro del Ottokar acabaría en una inmensa tragedia continental con muchas lágrimas y mucha sangre. Como acabó el proceso de anexión hitleriana de Austria y los Sudetes que describía Hergé en sus tiras por entregas en 1938. La farsa actual solo ha sido posible por la debilidad y los complejos de la democracia española y la mediocridad y cobardía de sus gobernantes. Corrompidos por las disfunciones de la Constitución, han alimentado sin cesar y por conveniencia propia a los enemigos del Estado. Aún hoy no quieren derrotarlos. Valls está en lo cierto. Europa ha entrado ya –las eleciones alemanas lo confirman, las austriacas el día 15-O lo ratificarán– en una era de inestabilidad y quizás definitivo adiós a su proyecto unitario. Surgirán incontables frustraciones, agravios y peligros para la convivencia y la paz. Todo ello sin necesidad de que una de las regiones más mimadas del continente como Cataluña, aupada al tigre maldito del nacionalismo, condene a todos los europeos a un proceso de descomposición e incendio generalizado. Para único beneficio del gran fracasado oriental, Rusia, que fomenta con interés y mucho dinero estos movimientos, también el catalán, para hacer fracasar a la fuente de su eterno agravio, Europa.

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Memoria y verdad

José Carlos Llop

¿Cómo se forma la memoria colectiva: desde la uniformidad o desde la diferencia? ¿Qué es más rica, una sociedad diversa ú otra homogénea? No contestaré de forma explícita porque la respuesta tácita está en la formulación de ambas preguntas. Pero las sociedades cambian en función de su desmemoria y de la manipulación que otros hacen de esa desmemoria. Para evitar eso está la literatura que, en tiempos convulsos, es la única memoria. Por esto las conductas totalitarias abominan de ella y sobre ella actúan en la medida que pueden hacerlo. Sigue leyendo

Procedimientos constitucionales

Eduardo Jordá

En los proyectos de Constitución de la República catalana se establece claramente que la soberanía nacional pertenece al pueblo de Cataluña. En ningún sitio se reconoce el derecho de autodeterminación para una comarca o una región de la futura Cataluña independiente. Si quieren, pueden verlo en la red buscando Constitució.Cat/Constituïm. Alguno de los proyectos anteriores reconocía el derecho a decidir para la comarca del Valle de Arán, pero ese derecho ha desaparecido de las versiones más recientes. Es decir, que ninguna comarca o ciudad de la Cataluña independiente podrá celebrar un referéndum de independencia aunque dos millones de ciudadanos se manifiesten por las calles. Eso sería inconstitucional y el futuro presidente de la República tendría que prohibirlo. Sigue leyendo

Ceguera voluntaria

Eduardo Jordá

Hay libros que no pierden jamás su actualidad, y aunque hayan pasado casi ochenta años desde el día que se escribieron, parecen haberse escrito esta misma mañana. Uno de esos libros es El mundo de ayer de Stefan Zweig. En uno de sus capítulos, Zweig –que era judío y pacifista– va a visitar a su editor alemán. Es el invierno de 1933 y Hitler acaba de llegar al poder. Sigue leyendo

Llorar por el Cristal

Carlos Garrido

El cierre del conocido Bar Cristal ha originado un impacto sin precedentes en la opinión pública. No es el primer, ni será el último, caso de un establecimiento señero y representativo que desaparece. Pero quizás por esa acumulación de casos perdidos, y también por su privilegiada ubicación en el corazón de Palma, la gente y los medios lo han sentido con mayor intensidad. Sigue leyendo

Últimos días

Eduardo Jordá

Mientras preparo los bártulos para volver a casa después de las vacaciones, oigo en la tele la polémica interminable sobre el atentado de Las Ramblas. Si hubiera un instrumento que pudiera medir la madurez de una sociedad –una especie de termómetro de las reacciones sociales–, la nuestra daría una media de edad de unos ocho años. Y no hablo únicamente de los políticos que están dando un espectáculo deplorable con sus acusaciones cruzadas a propósito de los atentados. Hablo también de los electores que los hemos votado y les hemos entregado nuestra confianza. Sigue leyendo