Memoria y verdad

José Carlos Llop

¿Cómo se forma la memoria colectiva: desde la uniformidad o desde la diferencia? ¿Qué es más rica, una sociedad diversa ú otra homogénea? No contestaré de forma explícita porque la respuesta tácita está en la formulación de ambas preguntas. Pero las sociedades cambian en función de su desmemoria y de la manipulación que otros hacen de esa desmemoria. Para evitar eso está la literatura que, en tiempos convulsos, es la única memoria. Por esto las conductas totalitarias abominan de ella y sobre ella actúan en la medida que pueden hacerlo. Sigue leyendo

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Procedimientos constitucionales

Eduardo Jordá

En los proyectos de Constitución de la República catalana se establece claramente que la soberanía nacional pertenece al pueblo de Cataluña. En ningún sitio se reconoce el derecho de autodeterminación para una comarca o una región de la futura Cataluña independiente. Si quieren, pueden verlo en la red buscando Constitució.Cat/Constituïm. Alguno de los proyectos anteriores reconocía el derecho a decidir para la comarca del Valle de Arán, pero ese derecho ha desaparecido de las versiones más recientes. Es decir, que ninguna comarca o ciudad de la Cataluña independiente podrá celebrar un referéndum de independencia aunque dos millones de ciudadanos se manifiesten por las calles. Eso sería inconstitucional y el futuro presidente de la República tendría que prohibirlo. Sigue leyendo

Ceguera voluntaria

Eduardo Jordá

Hay libros que no pierden jamás su actualidad, y aunque hayan pasado casi ochenta años desde el día que se escribieron, parecen haberse escrito esta misma mañana. Uno de esos libros es El mundo de ayer de Stefan Zweig. En uno de sus capítulos, Zweig –que era judío y pacifista– va a visitar a su editor alemán. Es el invierno de 1933 y Hitler acaba de llegar al poder. Sigue leyendo

Llorar por el Cristal

Carlos Garrido

El cierre del conocido Bar Cristal ha originado un impacto sin precedentes en la opinión pública. No es el primer, ni será el último, caso de un establecimiento señero y representativo que desaparece. Pero quizás por esa acumulación de casos perdidos, y también por su privilegiada ubicación en el corazón de Palma, la gente y los medios lo han sentido con mayor intensidad. Sigue leyendo

Últimos días

Eduardo Jordá

Mientras preparo los bártulos para volver a casa después de las vacaciones, oigo en la tele la polémica interminable sobre el atentado de Las Ramblas. Si hubiera un instrumento que pudiera medir la madurez de una sociedad –una especie de termómetro de las reacciones sociales–, la nuestra daría una media de edad de unos ocho años. Y no hablo únicamente de los políticos que están dando un espectáculo deplorable con sus acusaciones cruzadas a propósito de los atentados. Hablo también de los electores que los hemos votado y les hemos entregado nuestra confianza. Sigue leyendo

Autodeterminación

Eduardo Jordá

Casi nadie recuerda ahora a Woodrow Wilson, que fue el presidente número 28 de los Estados Unidos (entre 1913 y 1921). En su época se le conocía por tres razones: era muy buena persona, lucía con gran elegancia los sombreros de copa y era un entusiasta del ciclismo que gustaba de pasear en bicicleta por la Casa Blanca. Sigue leyendo

El hombre (soviético) del tiempo

José Carlos Llop

Existe un empeño español de raíz intelectual anglosajona –lo he visto desplegarse en conversaciones tanto en Madrid, como en Barcelona, o en Sevilla–, por negar la calidad de la novela francesa actual, siempre bajo la trampa de compararla con las glorias del pasado. Incluso de apostar por nuestra novela contemporánea frente a la suya. A mí estas cosas suelen sorprenderme y sigo sin entender por qué ocurren, más allá de un supuesto lucimiento –no a mis ojos, desde luego– de quien habla, con más voluntarismo narcisista que verdad. Sigue leyendo

Fisiognómica

José Carlos Llop

Parece difícil, pero se puede estar rodeado de porquería y no saberlo. Incluso se puede vivir en una sociedad sin valores y tenerlos, o en una situación de decadencia extrema y no participar de ella. Ejemplos hay muchos: desde algunos profetas bíblicos –que siempre pasan por chiflados anunciando desgracias, cuando sólo retratan la realidad de su tiempo– hasta Noé antes del Gran Diluvio, o Lot escapando de Sodoma y Gomorra. Y durante el siglo XX, con los totalitarismos convertidos en plaga, muchos más, pero ahora me viene a la cabeza el padre del escritor alemán Joachim Fest –autor de El hundimiento–, que se mantuvo erguido frente al nazismo y supo decir no, mientras los demás decían sí. Su hijo escribiría un hermoso libro sobre la dignidad de su padre, titulado Yo no. Sigue leyendo

Quioscos

Eduardo Jordá

El otro día, al ir a comprar el periódico, oí que la quiosquera se quejaba amargamente de lo mal que iba el negocio. “A este paso voy a tener que cerrar dentro de nada”, le decía a una señora que también había ido a comprar el periódico. “Antes se podía vivir decentemente con un quiosco. Ahora ya no”. Sigue leyendo

Café Lírico

Eduardo Jordá

Un día, cuando pasábamos por la Vía Alemania de Palma, mi padre me habló de Matasetzes, que era un vagabundo medio loco que solía apostarse a la entrada del antiguo colegio de La Salle cuando mi padre estudiaba allí, en los años 40 (todo eso ocurrió, claro está, mucho antes de que el colegio se transformase en los Juzgados de Vía Alemania). Cuando los alumnos salían de clase, el viejo Matasetzes los perseguía con un garrote y les gritaba cochinadas. Muchos alumnos, entre ellos mi padre, tenían que correr hasta la parada del tranvía porque le tenían auténtico pavor. Incluso el hermano que vigilaba los recreos –creo que era el hermano Leoncio- usaba a aquel vagabundo como amenaza: “Si no os portáis bien, llamaré a Matasetzes”, decía (la pronunciación del hermano, que era un sobrio castellano, sonaba más bien a “Mataseches”).

A veces, cuando paso por Vía Alemania y veo el edificio del juzgado, me pregunto quién se acordará ahora de Matasetzes. Mi padre murió el año pasado y ya va quedando muy poca gente de su promoción en el colegio. Y cuando esta gente no esté, el recuerdo de Matasetzes y su garrote se perderán por completo. Puede que a nadie le importe la historia de un vagabundo medio loco que vivió en la Palma de los años 30 y 40, pero mi padre la tuvo muy presente durante toda su vida porque le tuvo miedo a aquel hombre y también se rió de él, igual que otros muchos alumnos del colegio que se burlaban y le perseguían (lo que hacía que la furia de Matasetzes alcanzara proporciones homéricas). Yo me acuerdo, claro, pero mi recuerdo es un recuerdo desvaído de otro recuerdo, nada más.

Me he acordado de Matasetzes cuando he leído que este año cerrará el Café Lírico de la avenida Antoni Maura. Todos estamos condenados a ver cómo va desapareciendo la ciudad de nuestra infancia y de nuestra primera juventud, pero quizá ahora esa desaparición se lleva a cabo a un ritmo mucho más acelerado que nunca. La Palma de mi padre cambió, claro que sí, pero al menos el edificio de la Salle se mantuvo en pie cuando pasó a ser el edificio de los juzgados, y los edificios de los institutos tampoco cambiaron de aspecto, así que al menos la Vía Alemania conservaba un aspecto bastante similar al que tenía cuando él era un niño. Pero cada vez es más difícil que queden lugares así: los lugares se vuelven irreconocibles, los edificios se derriban y se levantan otros nuevos, y no queda nada que conserve un vestigio de la ciudad que un día existió. Estas navidades pasé con mis hijos por el edificio del Luis Vives, que fue mi colegio. Por suerte el edificio seguía en pie, y aunque cambiado y reformado, todo seguía siendo más o menos reconocible. Me sorprendió lo pequeño que era todo, y cuando le conté a mi hijo que jugábamos al fútbol en la azotea y que el balón casi siempre salía disparado y había que bajar cinco pisos a buscarlo, se sorprendió mucho de que no hubiera un campo de fútbol en condiciones, más o menos reglamentario, como los que él estaba acostumbrado a usar con su equipo de alevines. Para que luego digan que nada ha mejorado en estos años.

El café Lírico era uno de los pocos locales que seguía igual a como lo habíamos conocido en nuestra juventud. Durante años he quedado en el Lírico con Juanma Riera, que sabe tanto de rock que hasta se conoce la historia del misterioso Mike Jeffery, el manager de Jimi Hendrix que montó la discoteca Sargeant Pepper´s en Gomila y que murió en el mismo accidente de aviación que Tomeu Buadas, a causa de una huelga de controladores en Francia. En el Lírico, Juanma me ha ofrecido algunos de sus tesoros: recopilatorios raros de Richard Thompson, grabaciones de The Jayhawks que ha encontrado no sé dónde, canciones exhumadas de la Incredible String Band que ya casi nadie sabía que existían. Hace muchos años, en el mismo café Lírico, conocimos a un gitanillo de Son Banya a quien todo el mundo llamaba “El Chocolate”. Era un chaval menudo y eléctrico, que se movía como una anguila y que tocaba la guitarra tan bien que todo el mundo le llamaba “el Jimi Hendrix”. Al Chocolate lo encontraron muerto en una caseta, frente a las murallas, cuando no existía el Parc de la Mar y aquella zona tenía mala fama porque la frecuentaban los homosexuales que buscaban un encuentro clandestino (hablo de los tristes años 70). Nadie sabe por qué murió el Chocolate, ni tampoco se sabe si lo mataron –como se rumoreó en su momento-, porque su caso se cerró sin que se averiguara nada. Supongo que hay gente que se acuerda aún del Chocolate, pero su vago recuerdo se desvanecerá muy pronto, igual que se ha desvanecido ya el recuerdo de Matasetzes, y pronto empezará a desvanecerse el recuerdo del Café Lírico, y algún día también se desvanecerá el recuerdo de todos nosotros.

Publicado en Diario de Mallorca

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