Los tres reyes de San Apolinar

Eduardo Jordá

Había muy poca gente en la basílica de San Apolinar el Nuevo, en Rávena. Cuatro o cinco visitantes, nada más, todos italianos con aspecto eclesiástico, quizá curas y monjas de paisano disfrutando de unos días de vacaciones. Rávena es una ciudad muy rara. Está fuera de todas las rutas turísticas, en la zona de marismas de la desembocadura del Po. Hoteles anticuados, cafeterías con camareros muy mayores que arrastran los pies, familias enteras en la playa como si todavía estuvieran protagonizando una escena de Amarcord (Rímini, la ciudad natal de Fellini, está a pocos kilómetros de Rávena). Pero Rávena tiene dos basílicas con mosaicos bizantinos, San Apolinar y San Vital, y algunos excéntricos disfrutamos viendo estas cosas. Sigue leyendo

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La Navidad resiste

Recuerdo una lejana Nochevieja en Llucalcari (cuando todavía era Lluch-Alcari), en los años de la Transición, fumando porros y comiendo pa amb sobrassada y escuchando los discos más raros de Kevin Ayers (el glorioso “Whatevershebringswesing”, me parece). Éramos muchos y todos teníamos la sensación de que vivíamos en un mundo que se estaba acabando. Ese mundo era el mundo de la Navidad con sus belenes y sus villancicos. Sigue leyendo

El horror

José Carlos Llop

Hace unos días vimos suicidarse a un hombre en directo. No era un reality-show sino la realidad, que a veces es actual, otras vieja y a menudo antigua. En las imágenes del Tribunal de La Haya vimos como un viejo general –envejecido más que viejo– se negaba a reconocer que era un criminal de guerra y se negaba también a pasar más años condenado en prisión. Su talla era la de un centurión romano; su dicción también. Era, pues, una imagen antigua. En vez de traje –gris y envejecido como él– no era difícil imaginarlo con coraza y casco. La humanidad estuvo en el temblor de su pulso al llevarse el veneno a la boca, al tragar la muerte. Lo inhumano –o demasiado atávico– estaba en los cargos acusatorios, ganados a pulso en su comportamiento bélico.

Pero el hombre que habló antes de suicidarse no hacía comedia. Estaba a un paso de la muerte y como escribió el poeta John Donne, nadie ríe en el carro que lo lleva al cadalso. No hay lugar, ahí, para la comedia. Él se creía lo que dijo. Creía que la condena era injusta porque no se consideraba un criminal de guerra; sólo un guerrero que había combatido por su nueva patria: Croacia, la nación que más empujó para deshacer Yugoslavia a principios de los 90. Se ve que la mirada de aquellos que murieron por su culpa no le perseguía por las noches. Quizá fuera un psicópata; quizá una de esas personas –en nuestra sociedad abundan, no importa ir a Los Balcanes– que siempre tienen razón, que nunca se equivocan, que jamás están dispuestos a ceder ni un palmo. Quizá fuera de esos, pero él estaba convencido de no haber obrado mal. Los cientos o miles de muertos que acarreaba no eran nada frente a su razón de ser y la razón de ser de Croacia. Los argumentos de la ley, tampoco. La puerta de salida era la única acción honorable para él. Y la tomó en forma de cicuta posmoderna: frente a las cámaras del mundo entero.
Pero ese hombre, aunque hubiera llegado a general, no era militar de carrera. Este hombre era otras cosas y al vestir de uniforme y empuñar un arma y mandar a otros se transformó en algo que no sabía que era. Antes de la guerra de Yugoslavia podemos sospechar que desconocía hasta dónde era capaz de llegar. Pero en eso no estaba solo; el nacionalismo, cuando se exalta, ayuda a convertir a personas en monstruos y Yugoslavia ha sido el ejemplo más cercano, pero la historia de Europa va cargada hasta los topes. Antes de la guerra ese hombre se había licenciado en Filosofía y Sociología –leo en El País–, era dramaturgo, profesor universitario y realizador de documentales. Al estallar la guerra de los croatas contra los serbios se alistó en el nuevo ejército croata y prosperó; llegó a general: los ejércitos de creación reciente fabrican mandos a mansalva y en guerra aún más. Luego combatió contra los bosnios y se le acusó de haber participado en operaciones de limpieza étnica, ese horror del que participaron serbios, croatas, bosnios… mientras los demás contemplábamos aquellas iniquidades en el televisor.

Es curioso observar cómo en los regímenes totalitarios –y cualquier guerra es el totalitarismo más espeluznante, llevado hasta sus últimas consecuencias– siempre hay algunos dramaturgos, algunos profesores, algunos periodistas que se emborrachan con el poder y sus tropelías. Unos visten de uniforme, otros usan el teléfono de sus despachos para acusar o delatar. Repasen la Historia: desde los cafetines de Palais Royal donde se cocinaban los panfletos que desembocarían en el festín de sangre de la Revolución, hasta las mentiras croatas, bosnias y serbias que desembocarían en la guerra, pasando por la estética del nazismo o del comunismo, siempre hay por ahí detrás dramaturgos, artistas frustrados, periodistas, profesores y demás que remueven la marmita de la bruja. Una marmita que antes han puesto al fuego políticos ventajistas, irresponsables, oportunistas y sobre todo, bien escudados tras la palabrería excluyente –quien no piensa como yo es un ser despreciable– y los derechos históricos, inventados o no. ‘Las bombas nunca caen en los despachos de los políticos’ fue la frase que pronunció una madre de Osetia cuando mataron a su hijo en acción de guerra. Hace de eso algunos veranos, no muchos.

Pero regresemos al envejecido militar croata y unamos su imagen a la que se publicó el viernes, del puente de una autopista catalana. De ese puente colgaban una serie de muñecos cabeza abajo –como los asesinados en México por los cárteles– y en sus monos/mortaja llevaban pegatinas del PSC, del PP y de Ciudadanos. Nunca, que yo recuerde, se había llegado tan lejos. En esa macabra instalación intimidante estaba el verdadero espíritu que se esconde tras las banderas de la libertad cuando la ley ya no existe y todo se desmanda y enloquece. Lo que grabó Goya durante la guerra contra los franceses y ocurrió en un puente de Irak durante la guerra con unos soldados norteamericanos. Ahí, en ese puente de Cataluña, el 1 de diciembre de 2017, colgaba el horror, anunciándose a sí mismo. Ni siquiera en los meses de más tensión del Procés había sucedido algo así. El viernes hacía frío y los cuerpos simbólicos de esos votantes hipotéticos de partidos llamados constitucionalistas colgaban boca abajo sobre la autopista. Y los culpables –como ocurría con el general croata, probablemente– no eran solamente los que colgaron esos monigotes terroríficos, no. También lo son bastantes de los que ahora se rasgan las vestiduras, como si no fuera con ellos.

Publicado en Diario de Mallorca

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Iluminados

Eduardo Jordá

Los lectores de Dostoievski recordarán a esos personajes secundarios –Kirillov, Shatov, Lizaveta Tushina– que han dedicado su vida a una sola causa y que no saben vivir sin entregarse en cuerpo y alma a esa causa. Todos son activistas y soñadores devorados por completo por una sola pasión, ya sea política, filosófica o mística. Todos viven solos, casi siempre en un lóbrego cuartucho que limpia de tarde en tarde una vieja sorda. Sigue leyendo

Una foto en el autobús

Eduardo Jordá

Hay una foto famosa de Rosa Parks, la luchadora por los derechos civiles de los negros americanos que fue encarcelada por sentarse en la parte del autobús reservada para los pasajeros blancos. Todo eso ocurrió hace muchos años, en la época de la segregación racial, pero ahora Rosa Parks se ha puesto de moda porque muchos “indepes” catalanes dicen haberse inspirado en ella en su lucha por la independencia. Sigue leyendo

Revolución

Eduardo Jordá

John Cheever vivía en una bonita casa en Ossining, a las afueras de Nueva York, en ese vasto territorio que los americanos llaman “suburbia”. En uno de los primeros capítulos de “Mad Men” se veía a Don Draper bajándose del tren –de vuelta a casa tras sus largas jornadas de trabajo en la agencia de publicidad- en esa misma estación de Ossining por la que John Cheever había pasado miles de veces. Sigue leyendo

Lenguaje y espíritu

José Carlos Llop

Uno de los lugares que siempre visito en París es el Café Tournon, un bistrot situado en los bajos de lo que antes de la Segunda Guerra Mundial fue un pequeño hotel. Está al lado de los jardines de Luxemburgo y muy cerca de donde suelo alojarme. En ese hotel vivió Joseph Roth y en ese café pasó muchas horas, huido del nazismo. Por eso suelo visitarlo: Joseph Roth es uno de mis novelistas favoritos: sentado junto a uno de sus veladores de mármol murió. Estaba enfermo, alcoholizado, horrorizado con la amenaza de los alemanes sobre París. Sigue leyendo

Las mentiras

Eduardo Jordá

En la biblioteca de la facultad de Letras de Palma, cuando estaba en Son Malferit, leí Las palabras y las cosas, el libro más conocido del filósofo francés Michel Foucault. Era un libro deslumbrante. Empezaba con una compleja meditación sobre Las meninas de Velázquez –el poder de la monarquía absoluta convertido en poco más que aire por un pintor cortesano– y luego se ponía a divagar sobre la americana y el bombín de Charlot. Sigue leyendo

Miedo

Eduardo Jordá

En YouTube alguien se dedicó a recoger algunas filmaciones de aficionados tomadas en Polonia cuando faltaban tres o cuatro días para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en el verano de 1939. Se veían parejas de enamorados bailando un fox-trot en un pantalán del mar Báltico, unos niños que jugaban en una calle, unos judíos barbudos que se reían en una callejuela del gueto, una mujer que miraba un escaparate. Sigue leyendo