Café Lírico

Eduardo Jordá

Un día, cuando pasábamos por la Vía Alemania de Palma, mi padre me habló de Matasetzes, que era un vagabundo medio loco que solía apostarse a la entrada del antiguo colegio de La Salle cuando mi padre estudiaba allí, en los años 40 (todo eso ocurrió, claro está, mucho antes de que el colegio se transformase en los Juzgados de Vía Alemania). Cuando los alumnos salían de clase, el viejo Matasetzes los perseguía con un garrote y les gritaba cochinadas. Muchos alumnos, entre ellos mi padre, tenían que correr hasta la parada del tranvía porque le tenían auténtico pavor. Incluso el hermano que vigilaba los recreos –creo que era el hermano Leoncio- usaba a aquel vagabundo como amenaza: “Si no os portáis bien, llamaré a Matasetzes”, decía (la pronunciación del hermano, que era un sobrio castellano, sonaba más bien a “Mataseches”).

A veces, cuando paso por Vía Alemania y veo el edificio del juzgado, me pregunto quién se acordará ahora de Matasetzes. Mi padre murió el año pasado y ya va quedando muy poca gente de su promoción en el colegio. Y cuando esta gente no esté, el recuerdo de Matasetzes y su garrote se perderán por completo. Puede que a nadie le importe la historia de un vagabundo medio loco que vivió en la Palma de los años 30 y 40, pero mi padre la tuvo muy presente durante toda su vida porque le tuvo miedo a aquel hombre y también se rió de él, igual que otros muchos alumnos del colegio que se burlaban y le perseguían (lo que hacía que la furia de Matasetzes alcanzara proporciones homéricas). Yo me acuerdo, claro, pero mi recuerdo es un recuerdo desvaído de otro recuerdo, nada más.

Me he acordado de Matasetzes cuando he leído que este año cerrará el Café Lírico de la avenida Antoni Maura. Todos estamos condenados a ver cómo va desapareciendo la ciudad de nuestra infancia y de nuestra primera juventud, pero quizá ahora esa desaparición se lleva a cabo a un ritmo mucho más acelerado que nunca. La Palma de mi padre cambió, claro que sí, pero al menos el edificio de la Salle se mantuvo en pie cuando pasó a ser el edificio de los juzgados, y los edificios de los institutos tampoco cambiaron de aspecto, así que al menos la Vía Alemania conservaba un aspecto bastante similar al que tenía cuando él era un niño. Pero cada vez es más difícil que queden lugares así: los lugares se vuelven irreconocibles, los edificios se derriban y se levantan otros nuevos, y no queda nada que conserve un vestigio de la ciudad que un día existió. Estas navidades pasé con mis hijos por el edificio del Luis Vives, que fue mi colegio. Por suerte el edificio seguía en pie, y aunque cambiado y reformado, todo seguía siendo más o menos reconocible. Me sorprendió lo pequeño que era todo, y cuando le conté a mi hijo que jugábamos al fútbol en la azotea y que el balón casi siempre salía disparado y había que bajar cinco pisos a buscarlo, se sorprendió mucho de que no hubiera un campo de fútbol en condiciones, más o menos reglamentario, como los que él estaba acostumbrado a usar con su equipo de alevines. Para que luego digan que nada ha mejorado en estos años.

El café Lírico era uno de los pocos locales que seguía igual a como lo habíamos conocido en nuestra juventud. Durante años he quedado en el Lírico con Juanma Riera, que sabe tanto de rock que hasta se conoce la historia del misterioso Mike Jeffery, el manager de Jimi Hendrix que montó la discoteca Sargeant Pepper´s en Gomila y que murió en el mismo accidente de aviación que Tomeu Buadas, a causa de una huelga de controladores en Francia. En el Lírico, Juanma me ha ofrecido algunos de sus tesoros: recopilatorios raros de Richard Thompson, grabaciones de The Jayhawks que ha encontrado no sé dónde, canciones exhumadas de la Incredible String Band que ya casi nadie sabía que existían. Hace muchos años, en el mismo café Lírico, conocimos a un gitanillo de Son Banya a quien todo el mundo llamaba “El Chocolate”. Era un chaval menudo y eléctrico, que se movía como una anguila y que tocaba la guitarra tan bien que todo el mundo le llamaba “el Jimi Hendrix”. Al Chocolate lo encontraron muerto en una caseta, frente a las murallas, cuando no existía el Parc de la Mar y aquella zona tenía mala fama porque la frecuentaban los homosexuales que buscaban un encuentro clandestino (hablo de los tristes años 70). Nadie sabe por qué murió el Chocolate, ni tampoco se sabe si lo mataron –como se rumoreó en su momento-, porque su caso se cerró sin que se averiguara nada. Supongo que hay gente que se acuerda aún del Chocolate, pero su vago recuerdo se desvanecerá muy pronto, igual que se ha desvanecido ya el recuerdo de Matasetzes, y pronto empezará a desvanecerse el recuerdo del Café Lírico, y algún día también se desvanecerá el recuerdo de todos nosotros.

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Llull revisited: una crónica

José Carlos Llop

El pasado domingo, asistiéramos a la misa luliana en La Seu o la contempláramos a través de IB3, estábamos inmersos lo supiéramos o no en uno de los retablos del imaginario colectivo. La escenografía era una pintura de Miquel Bestard, ‘el pintor loco’, como le llamaron sus contemporáneos en un alarde de mallorquinidad negativa. Resumiré ese alarde: consiste en rebajar al otro, por amigo o pariente que sea; restarle méritos, aprovechándonos de nuestra cercanía, o contradecirlos desde una celotipia compulsiva. Sigue leyendo

Número Cero

 

Eduardo Jordá

La historia se cuenta en el memorable perfil que David Remnick escribió sobre Leonard Cohen para “The New Yorker”. Un día, Dylan estaba en Los Angeles, donde vivía Cohen, y como los dos se conocían y se caían bien, fue a recogerlo en coche para enseñarle unos terrenos que quería comprar. Mientras atravesaban la ciudad, en la radio del coche sonó “Just Like a Woman”. Cuando la canción llegó al puente
-el interludio tras el segundo estribillo-, Dylan comentó: “Ese puente lo han cruzado muchos camiones de gran tonelaje”. Sigue leyendo

Bla-bla-bla

Eduardo Jordá

Hace años, en el college norteamericano donde estuve dando clases, se anunció que los baños iban a ser mixtos. Las razones no estaban muy claras, pero parece ser que se consideraba “progresista” que alumnos y alumnas compartieran los mismos baños. Nada de diferenciaciones, nada de sexismo. Además, así se evitaría cualquier clase de discriminación hacia los alumnos transexuales. Sigue leyendo

El más sabio

José Carlos Llop

Lo privado es esencial y lo público complementario. Poco importa dónde estuviéramos cuando Tejero entró en el Congreso, o cuando el primer avión impactó contra las Torres Gemelas, frente a la tarde que escuchamos por primera vez un LP de Leonard Cohen, leímos a un poeta que ya no hemos dejado nunca de leer, o conocimos –o perdimos– a una mujer sin nombre o a otra con nombre (o ambas cosas a la vez). Sigue leyendo

Visita de urgencia

José Carlos Llop

Esta semana he pedido con urgencia hora en el médico y lo mismo en el despacho de una eminente personalidad de la Patafísica, esa ciencia paródica especializada en ‘el estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones’ ( sic), inventada por Alfred Jarry. Lo he hecho porque empiezo a estar preocupado. Si he acudido a sus tesis surrealistas es porque sospecho que estoy viviendo en un bucle de carácter ilógico. Para Jarry la regla era la excepción de la excepción y no al contrario, como en el mundo que conocemos. La regla era lo extraordinario y de ahí que la anormalidad, según él, sea la norma.

La cuestión es que tengo un problema con la Academia Sueca. Si viviéramos en plena Guerra Fría, diría que han puesto micrófonos en mi casa, o que sus espías están apostados en las esquinas de mi ciudad, o allí donde vaya. Sin ir más lejos, hace unas semanas estaba en París. Llegué al final de la tarde y tras pasar por el hotel fui a reservar mesa -había quedado a cenar con unos amigos- en un café-brasserie del barrio de Saint-Germain, adonde suelo ir a menudo. Al entrar, cenando frente a un libro abierto, vi a Vargas Llosa. Solo, efectivamente, pero ahí estaba cenando con la cabeza gacha sobre el libro, para evitar moscones, pensé. Turistas españoles con el Iphone a mano, vamos. Después de reservar una mesa para tres, decidí dar un paseo por los jardines de Luxemburgo, que es un sitio al que también voy a menudo. Lo cuento porque total, mi expediente no tiene secretos para los suecos -ya verán por qué- y quizá por eso sean tantos los suecos que compran ahora en Palma. Pero volvamos al Luxemburgo.

Cuando llegué acababan de cerrar el parque y como aún tenía un rato antes de cenar, opté por acercarme hasta la plaza de Saint-Sulpice, cuya fuente me gusta especialmente y su iglesia -por fuera- también. Lo hice bordeando los jardines y me topé con una modelo japonesa que a la luz del crepúsculo posaba con gabardina color hueso y piernas muy largas, ante un fotógrafo y su ayudante. Ni me sonrió, tan altiva ella. Seguí mi paseo bajo las arcadas y al llegar a la rue Bonaparte, giré a la derecha y empecé a bajar la suave cuesta. Al poco -por la otra acera y subiendo hacia mí- vi a un hombre muy alto, de cuerpo y movimiento como desmadejado, rostro blanquecino y gafas de pasta negra. Al principio no lo reconocí -mi vista ya flaquea y ya estaba anocheciendo- y luego vi que era Patrick Modiano. Nos saludamos desde uno y otro lado de la calzada, crucé la calle, charlamos un rato y nos despedimos amigablemente. Al dejarlo atrás pensé: dos nobeles en menos de veinte minutos; ya sólo me falta toparme con Gao-Xingjian, que también vive en París. Pero no.

La cosa no pasaría de jugada del azar, si la Academia Sueca no le hubiera dado el nobel de Literatura a Bob Dylan. En fin, que yo no estaría hablando de ir al médico y mucho menos de la Patafísica, sea eso lo que sea. Les cuento, por pasos. Allá por el año 1992, estaba acabando mi traducción de Derek Walcott, entonces un poeta antillano que nunca había sido traducido -ni por tanto, editado- en España. Y llegó octubre y los académicos suecos le dieron el Premio Nobel de Literatura. Mi casa -o mejor, mi teléfono-, se convirtió en el consulado de Walcott en España. Artículos solicitados y entrevistas una detrás de otra, durante varios días fue un no parar. Pensé y así lo dije en casa: nunca tendremos el nobel tan cerca como hoy. Por supuesto -y disculpen amigos y enemigos- me equivocaba.

En 2013 me encargué de presentar la edición para Anagrama de La trilogía de la Ocupación, de Patrick Modiano. Jorge Herralde y yo habíamos hablado hacía tiempo de la publicación de las tres primeras novelas de Modiano, que algunos críticos franceses -Carine Duvillé fue la primera- habían bautizado, sin haberse publicado nunca juntas en Francia, La trilogía de la Ocupación. A Herralde le pareció buena idea y me encargó el prólogo. El libro apareció, si no recuerdo mal, en 2014 y llegó octubre y, zasca, la Academia Sueca otorgó el nobel de Literatura a Patrick Modiano. La cubierta de La Trilogía -con el anuncio de mi prólogo-, ilustró la noticia en distintos telediarios de las 3, y de nuevo el teléfono de casa sonó sin parar -‘consulado Modiano, dígame’- y encargos y entrevistas se multiplicaron, esta vez durante más días. Me dije: dos veces son muchas veces, qué rara es la vida. Y continué con ella, la vida y sus rarezas, digo.

Mientras escribo esto, el doctor Philipulus Ostrogodus, eminente patafísico ya me ha dado hora para la consulta. Será dentro de mes y medio, pero creo que podré aguantar. Lo del médico irá más rápido porque es de la familia. ‘La que ha montado -me escribió la noche del jueves un amigo- la portada de tus Reyes’. Se agradece la broma cariñosa. Pero lo que sí sé es que en enero apareció mi novela Reyes de Alejandría y la fotografía de la cubierta era -y es- una foto espléndida de Bob Dylan, perteneciente a una serie del Blonde on blonde, que tomó el danés Jan Persson. Nueve meses después -sí, casualmente el tiempo de un embarazo- la Academia le da el nobel de Literatura a Dylan. Por tercera vez, the same old story. El teléfono sonó desde Palma y desde Madrid. De esta casa y de El Ojo Crítico, de RNE. Horas después tuve que desconectarlo. Porque ya no paro de recibir encargos de editores para que prologue a los autores que editan, traduzca a poetas inéditos en España y elija fotos de sus escritores y cantantes como portada de mis libros. A ver si hay suerte, me dicen tapándose la boca para que no oiga cómo se ríen. Cuando en el fondo, sé que todo es un complot para impedir que escriba mis libros y un jueves de cualquier octubre futuro suene el teléfono y la llamada sea de Estocolmo, God morgon sir Llop, y yo, ejem, con estos pelos y de oficio prologuista patafísico.

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La polémica nacional

Eduardo Jordá

En una de las pinturas murales que narran la conquista catalana de Mallorca, se ve a un cruzado catalán de Jaume I que le está clavando una espada en el pecho a un musulmán vencido (que es de raza negra, además). La conquista de Mallorca no fue un cuento de hadas: fue sangrienta y cruel y los conquistadores catalanes no tuvieron piedad alguna con los vencidos. Los historiadores solventes como el valenciano Antoni Furió han contado muy bien que los musulmanes derrotados sólo tuvieron dos opciones: aceptar convertirse en esclavos de los nuevos amos catalanes o bien la expulsión inmediata (en nuestro tiempo podríamos hablar de “limpieza étnica”, pero en 1231 ese concepto no existía y no podemos usarlo sin cometer una falacia retrospectiva). El caso es que los conquistadores catalanes saquearon y robaron y mataron igual que lo hicieron los conquistadores castellanos en América casi tres siglos más tarde, pero nadie se atreve a criticar la conquista catalana que es celebrada y ensalzada, mientras que la conquista de América recibe toda clase de críticas y sirve de excusa para desairar la fiesta nacional del 12 de octubre. ¿Por qué?

Por la sencilla razón de que juzgamos los hechos del pasado con arreglo a nuestras ideas y prejuicios del presente, de modo que convertimos los hechos que sucedieron hace cinco siglos en un simple pretexto para la propaganda y el griterío actual. Está muy bien criticar la conquista española de América, pero entonces también habría que criticar la conquista catalana de Mallorca y Valencia, y en consecuencia, oponerse por igual a las celebraciones de esas dos conquistas. Pero muchos de quienes aplauden la conquista catalana se oponen a celebrar el día de la Hispanidad, con el argumento de que la conquista española supuso el genocidio de los indígenas americanos. Del cautiverio y expulsión de los musulmanes mallorquines y valencianos, por supuesto, no dicen ni pío. Al contrario, más bien parecen aplaudir con las orejas por lo que esa conquista significó para la cultura catalana.

Ahora bien, lo que está muy claro es que no se puede hablar de genocidio indígena en América. Los españoles cometieron miles de matanzas y saqueos, claro que sí, y se comportaron con una inusitada crueldad con los indígenas americanos, a los que obligaron a trabajar como esclavos y a los que mataron de hambre o de agotamiento en las minas y en las plantaciones. Pero se mire como se mire no hubo un exterminio planificado que se propusiera la aniquilación de los pueblos indígenas. Eso está más que comprobado por todos los historiadores fiables que han estudiado la conquista (otra cosa es lo que dijeran Hugo Chávez o los escritores tipo Eduardo Galeano, que encima se llamaba Hughes y era hijo de un emigrante galés). Y si hubo una mortandad tan acusada entre los indios del Caribe y de Centroamérica, sobre todo durante las primeras décadas de la conquista, eso se debió a las enfermedades que transmitieron los colonizadores españoles y que diezmaron en muy poco tiempo a la población indígena. Los indios americanos no habían desarrollado inmunidad alguna contra enfermedades como la viruela, la gripe, el sarampión o la varicela. De modo que sí, hubo un genocidio, pero lo cometieron los virus y los agentes patógenos, no los conquistadores españoles.

Por lo demás, tampoco es cierta esa visión ingenua que pinta el continente americano anterior a la conquista como un Edén donde todo el mundo convivía en paz y armonía. Convendría recordar que los aztecas se comportaban con una crueldad que pondría los pelos de punta a los mismos protagonistas de Juego de tronos, ya que no sólo arrancaban el corazón de sus prisioneros para ofrecérselo a los dioses, sino que en muchos casos se los comían en banquetes rituales. Bernardino de Sahagún contaba que los muslos de las víctimas se reservaban para el emperador, mientras que las vísceras se destinaban a sus animales favoritos (pumas y jaguares) y el resto del cuerpo se reservaba para el sacrificador y sus parientes. Los mayas también practicaban el canibalismo ritual, en tanto que los incas realizaban constantes sacrificios humanos, casi siempre de niños, a los que mataban en la cima de una montaña para ofrecérselos a los dioses. Los españoles, por cierto, prohibieron todas estas prácticas de las que nadie habla.

En la conquista de América hubo saqueo y destrucción, claro que sí, pero estamos hablando de una época en la que existía el “derecho de conquista” y en la que no estaban vigentes la mayoría de ideas y sentimientos que ahora, por fortuna, consideramos imprescindibles. Y lo mismo que hicieron los españoles en América lo hicieron los portugueses y los ingleses y los franceses en todos los territorios que conquistaron. Y estas mismas cosas los saqueos y el cautiverio y la destrucción del vencido ocurrían en la China y en las estepas rusas y en el África de los mercaderes árabes de esclavos. La conquista de América fue una empresa cruel, pero ocurrió hace mucho tiempo y ya nadie puede cambiarla. Y lo único que podemos hacer ahora es decir la verdad sobre lo que ocurrió. Y no inventársela. Ni convertirla en una burda historia entre buenos y malos.

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La burundanga

José Carlos Llop

Uno de los perfumes más sensuales del jardín mediterráneo hablo de Mallorca es el de la datura. La planta es verde clara, muy poblada de hojas y sus flores forman una campana blanca no campanilla, pues es de tamaño considerable que cuelga hacia abajo. Dante habla en el Purgatorio del “oriental zafiro” y la datura tiene un perfume que puede describirse como oriental, pese a que su origen es americano. Esto del origen no lo entiendo muy bien pues según la enciclopedia su nombre deriva de una palabra árabe o turca, se la sitúa tanto en China como en India y ya figura en el Dioscórides, que es muy, pero que muy anterior al descubrimiento de América. Debe de ser cosa de las aves migratorias, supongo.

Desde pequeños, en Mallorca, nos han avisado que podías acercarte a esta planta y disfrutar de su perfume más generoso en la noche que durante el día pero no tocarla. Y si caías en la tentación como Eva en el paraíso no debías acercarte los dedos a la cara, por aromatizada que estuviera la mano. Algo parecido, pero más radical, a lo que te decían de las adelfas o baladres. De quien se aseguraba que era experto en “té de baladre” se le estaba llamando eufemísticamente los eufemismos se inventaron en el Mediterráneo “envenenador” y mi padre me contaba de un compañero suyo, que haciendo caso omiso de su consejo, se hizo un bastón con una rama de adelfa. Le salió un eczema en la mano que tardó meses en curársele. Es curiosa la relación entre la botánica y el umbral del mal. Tal vez por eso, en Mallorca, se le llama herba pudenta, pero también fesolera de llum que es bonito y en Cataluña figuera infernal borda que es tremendo. Higuera infernal bastarda, el no va más. Los que fuimos lectores de Salgari, sabemos que los malvados thugs adoradores de la diosa Kali envenenaban a sus víctimas con pócima de datura. Y parece que el ungüento con que las brujas untaban sus escobas estaba hecho de Datura stramonium que es la que tenemos por aquí y que ese ungüento provocaba unas ganas inusitadas de volar. Así que ojo con la datura, aunque tenerla en el jardín sea un placer de categoría otomana. No vaya a ser que nos dé por practicar el balconing.

Les doy la tabarra con la datura porque la nueva droga de la que se habla en la prensa, la burundanga, se elabora con datura, como el ungüento de las brujas. Esto de la burundanga suena al Pescaílla y a sarandonga, achílibi, achílibi, con Lola Flores taconeando acelerada y pasado todo un poco por África. Por lo del prefijo “burunda”. Resulta que la burundanga anula la voluntad después de sumirte en un estado de placentera pasividad muy superior al de otras drogas. Y en ese trance puedes robarte a ti mismo (para dar tu copiosa fortuna a otros, claro), regalar tus innumerables fincas a cualquiera, soltar tus caballos por la ciudad como un Calígula de baratillo, donar tu colección de Aston Martins al primer transeúnte que encuentres, o dejarte hacer toda clase de tropelías con la sonrisa tonta en los labios. La burundanga, sí. El nombre es muy gracioso, pero sus consecuencias no tanto.

Me pregunto cuántas daturas puede haber en Mallorca. Hace años intenté sembrar dos en casa y las dos se me murieron. Si hubieran madurado ahora serían árboles y tendría que camuflarlos para que no me robaran las flores con intención de hacer burundanga. O que a mí no me entrara la tentación de convertirme en personaje de un Breaking Bad local. O en bruja que es peor y hay días que al levantarme ya tengo aspecto cabalgando sobre una escoba camino de Zugarramurdi. Y me pregunto lo de Mallorca, ante la noticia de que la burundanga se está esparciendo por toda Europa a velocidad de vértigo (creo que vértigo es la palabra adecuada) y no sólo porque en Son Espases se detectara el primer caso de intoxicación por burundanga. Siempre hemos sido pioneros, ¿no lo íbamos a ser en esto?

Pero mi verdadera preocupación es otra. ¿Será la burundanga la clave de todo lo que nos está pasando? Llevo tiempo que cuando abro el periódico y leo, tengo dos sensaciones contrapuestas. ¿Nos hemos vuelto tan absurdos como parece, o soy yo quien me he vuelto más raro de lo que ya era y veo las cosas como no son? ¿Está el aire de Mallorca y del país entero infectado de polvos de datura higuera infernal bastarda, ya saben o soy yo que estoy “zumbao”? Hagan ustedes mismos la prueba y piensen en clave burundanga. Da lo mismo si es la política, el turismo, la enseñanza, el periodismo, la iglesia, la literatura, el lenguaje, la administración o lo que quieran: burundanga por aquí, burundanga por allá. Si no, es imposible comprender nada.

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¡Eres un Bernstein!

Eduardo Jordá

Durante un debate en una asamblea estudiantil, en Palma, en los últimos años del franquismo, un estudiante se puso en pie, señaló con el índice a otro estudiante que acababa de intervenir en la asamblea, y le gritó furioso mientras hacía un terrible gesto de asco, como si tuviera delante un cesto de anguilas podridas:

-¡Cállate ya, traidor revisionista! ¡Eres un Bernstein!

De pronto se hizo el silencio. El estudiante señalado con el dedo, el que había recibido la acusación de ser un Bernstein no un Frankenstein, no, sino un Bernstein, se puso pálido, agachó la cabeza y abandonó abochornado el salón de actos de la Facultad. Ninguno de nosotros sabía quién era aquel misterioso Bernstein, pero las palabras que acompañaban la acusación del otro estudiante “traidor revisionista” anunciaban lo peor. En aquellos años de delirio ideológico, traidor revisionista o sus correlatos, “desviacionista”, “posibilista”, “reformista” era una acusación terrible. Cualquiera de nosotros, los dóciles marxistas que intentábamos aprendernos el catecismo de Marta Harnecker, podríamos haber soportado impertérritos que nos acusaran de ser ladrones o incluso asesinos. Pero la acusación de ser un “traidor revisionista” superaba todo lo imaginable. Ser un traidor revisionista significaba ser un vendido al capital y un partidario de las reformas graduales. O dicho de otro modo, suponía ser un defensor de las tibias ideas socialdemócratas de Eduard Bernstein, aquel político alemán que se atrevió a poner en tela de juicio los dogmas de Marx y Lenin y aceptó la democracia parlamentaria y el reformismo del sistema capitalista. Y encima era judío, el pobre. “¡Cállate ya, Bernstein!”

Por una de esas piruetas perversas de la historia, todo el mundo sabe quiénes fueron Marx y Lenin y el Che Guevara o Fidel Castro y Hugo Chávez, pero casi nadie sabe quiénes fueron Eduard Bernstein o Jean Jaurès, los dos grandes teóricos de la socialdemocracia y quizá o sin quizá los más grandes líderes políticos de la izquierda del siglo XX. Si existe el Estado del Bienestar en Europa, si muchos países europeos han alcanzado algo muy parecido a la justicia y a la igualdad de oportunidades aunque ahora nadie parezca querer acordarse de nada, todo se debe a estos dos políticos socialistas que apenas nadie conoce. Jaurès se opuso a la guerra del 14 y esa oposición le costó la vida, porque lo mató un fervoroso nacionalista de extrema derecha. Aunque Jaurès era un jacobino partidario de la indivisibilidad de Francia, quería introducir el estudio del bretón y el occitano y el catalán en las escuelas francesas, y también defendía una mayor autonomía para las diversas regiones francesas (cosa que lo diferenciaba de todos los políticos de su época). Bernstein, por su parte, tenía un gigantesco talento filosófico y económico, ya que consiguió desmontar todos los argumentos de Marx en un momento en que se consideraban un dogma inamovible. De hecho, la acusación de revisionismo contra el pobre Bernstein “¡Cállate, Bernstein!” venía precisamente de su atrevimiento a revisar, uno por uno, todos los dogmas de Marx.

¿Siguen existiendo ahora las diferencias entre los nuevos Bernstein y los que les acusan de ser traidores y revisionistas? Por supuesto que sí. Y la prueba está en las peleas entre Podemos y el PSOE, es decir, entre los herederos de los viejos dogmas de Marx y los herederos del revisionismo de Bernstein. Por mucho que digan, por mucho que finjan, el desprecio y el odio siguen existiendo y son tan potentes como lo eran en la época de las asambleas estudiantiles de la Transición (en realidad, Podemos es una especie de asamblea estudiantil “vintage” de los últimos años del franquismo, sólo que con smartphones). Podemos o mejor dicho, Pablo Iglesias y su núcleo duro aspiran a destruir el sistema, y por eso prefieren aliarse con los independentistas, tal vez con la esperanza de proclamar algún día una república (aunque de esa república se desgajen Cataluña y Euskadi). Y mientras tanto, el PSOE o al menos las mejores cabezas del PSOE, que no son la de Sánchez prefiere moverse dentro del realismo y del posibilismo. En estas condiciones, es muy difícil que surja alguna clase de acuerdo viable. Tarde o temprano, algún fanático de la pureza revolucionaria acabará gritando: “¡Cállate ya, traidor revisionista! ¡Eres un Bernstein!”

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El factor humano

José Carlos Llop

Hace poco más de un siglo un escándalo sacudió a la sociedad mallorquina. Una acróbata circense con corsé y mallas saltó de boca en boca y no por haber besado tanto. Es sabido que unas piernas bonitas son el metrónomo de la música del mundo y a veces su trastorno, y la mención de aquellas piernas desencadenó la tormenta a la sombra de la catedral y entre las paredes del Círculo Mallorquín. Hubo de todo. Protestas ante el gobernador civil. Anatemas en púlpitos. Sarcasmos groseros en los cafés. Cuchicheos a la salida de misa. Rivalidades periodísticas y políticas. Condenas en todas las casas, tantas como afán de curiosidad masculina –y alguna que otra femenina– por el asunto.

Miguel Villalonga novelaría este episodio años después en Miss Giacomini, una novela tan deliciosa como divertida, que es uno de nuestros mejores retratos. ¿Lo sigue siendo? Mallorca ha cambiado mucho desde entonces, aunque sus pecados –públicos y privados– sigan siendo casi los mismos. Pero este ‘casi’ es importante: ahora la isla es una sociedad mucho más libre, pero también una sociedad desarticulada y desestructurada donde cualquier cantamañanas hace pasar por verdades sus mentiras y por conocimiento su ignorancia de saltimbanqui. A estas alturas esto no es bueno ni es malo: simplemente es. O como dicen por ahí: es lo que hay. Siendo por tanto así las cosas, ¿se imaginan lo que hubiera podido hacer Miguel Villalonga con el asunto del obispo? Pues no lo intenten: probablemente poca cosa. Miss Giacomini ha dejado de ser un espejo y lo es sólo de nuestro pasado. La clave ahora está en la ausencia de escándalo, o lo que es mejor: en la inexistencia de ganas de escandalizarse. O lo que es mejor aún: en la pérdida de sentido del escándalo. El asunto del obispo o The Bishop’s Affaire no daría para una novela breve como Miss Giacomini, salvo para aquellos –o aquellas– que recogen los trabajos de otros y se los hacen suyos.

César González-Ruano, allá por los años treinta, lo escribió de esta manera: ‘ahora la vida ya no es una novela, es sólo un reportaje’. Y aquí el chándal del obispo es, precisamente, lo que nos da el reportaje. Nada de ‘Roma locuta, causa finita’ –convertido en eslógan periodístico–: el chándal y sólo el chándal. ¿Puede alguien enamorarse y presentarse ante la enamorada en chándal? El chándal es como el pelo teñido del impostor Enric Marcó, aquel catalán que engañó a todos haciendo creer que había estado en un campo de exterminio nazi. Un hombre que se tiñe el pelo es como otro que recibe a sus amistades en chándal: ambos nos dan la medida de su impostura en el tinte y en la prenda. Y en alguien, digamos, tan litúrgico como un obispo, la vestimenta acarrea todavía más delito.

Cuando acababa de llegar a Mallorca procedente de Ibiza o de Tortosa, que no lo sé, me encontré al obispo en el Parc de La Mar, vestido con chándal y provisto de un gorro como de pitufo. Era él, sin duda, y pensé que estaba haciendo deporte, con lo que no me sorprendió la prenda y achaqué aquel estrambótico gorro al camuflaje. Tampoco olvidé, entre los pinos, ni su mirada, ni su gesto facial: no era de pastor. Había una rara altivez surcada por la desconfianza en ese rostro, pero no le di más importancia. Uno no tiene contacto con obispos y por tanto no sabe cómo miran cuando hacen deporte y tampoco cuando no lo hacen.

La segunda vez que lo vi por la calle –hace de eso un año– ya me sorprendió un poco más, porque aquel rostro no sólo no se había pacificado, sino que había incorporado una mueca que también intenté interpretar. Estoy convencido de que el uso habitual del chándal embrutece y aquella era la mueca de un hombre poco sutil –es lo que tiene el chándal, insisto–, que minusvalora lo que no conoce, pues considera que si no lo conoce es porque no vale la pena. Pero había más. La situación tenía su vis cómica. El obispo iba en su coche, sentado al lado del chófer y quería –el chófer llevaba el volante pero él llevaba el mando– que el automóvil pasara por una calle demasiado estrecha, el carrer del Vent. Mostrábase inquieto –y escribo mostrábase porque lo encuentro adecuado tratándose de un obispo– ante lo angosto de las seculares piedras de Montesión. Miraba los muros de la iglesia y del colegio donde me formé, como si le hubieran hecho algo malo. Y su gesto indicaba que la calle –como el Mar Rojo ante Moisés– debería haberse abierto a su paso. Esta fue la impresión que me dio aquella mirada y tampoco era, al menos en ese momento, la de un pastor.

Las piedras seculares de Montesión… En la Mallorca desarticulada sólo quedan las piedras: todo son palacios y palacetes. Es lo que tiene la cosa inmobiliaria y la tontería. Pero aquí sólo ha habido tres palacios –cansado estoy de escribirlo– y uno es muy moderno, tanto que nunca se le llamó palau, sino palacio March. Los otros dos son La Almudaina y el Palau del Bisbe. Ambos son edificios maravillosos, situados en el mejor lugar de la ciudad. También el Palacio March. Pero ninguno de los tres son lugares para ir en chándal. El obispo no quería perder su casa –una de las mejor situadas del Mediterráneo– y la ha perdido: aún no sabe cómo ha sido. Y mientras otros piensan en lo que piensan –Roma locuta?, etcétera, etcétera–, yo creo que al obispo lo han expulsado las piedras del barrio, hartas de verlo en chándal. La mujer –como Miss Giacomini en la novela de Miguel Villalonga– sólo ha sido lo que los franceses llaman el agente provocador. Pero en una Mallorca que no se escandaliza ante nada, un chándal todavía puede hacer estragos.

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