La burundanga

José Carlos Llop

Uno de los perfumes más sensuales del jardín mediterráneo hablo de Mallorca es el de la datura. La planta es verde clara, muy poblada de hojas y sus flores forman una campana blanca no campanilla, pues es de tamaño considerable que cuelga hacia abajo. Dante habla en el Purgatorio del “oriental zafiro” y la datura tiene un perfume que puede describirse como oriental, pese a que su origen es americano. Esto del origen no lo entiendo muy bien pues según la enciclopedia su nombre deriva de una palabra árabe o turca, se la sitúa tanto en China como en India y ya figura en el Dioscórides, que es muy, pero que muy anterior al descubrimiento de América. Debe de ser cosa de las aves migratorias, supongo.

Desde pequeños, en Mallorca, nos han avisado que podías acercarte a esta planta y disfrutar de su perfume más generoso en la noche que durante el día pero no tocarla. Y si caías en la tentación como Eva en el paraíso no debías acercarte los dedos a la cara, por aromatizada que estuviera la mano. Algo parecido, pero más radical, a lo que te decían de las adelfas o baladres. De quien se aseguraba que era experto en “té de baladre” se le estaba llamando eufemísticamente los eufemismos se inventaron en el Mediterráneo “envenenador” y mi padre me contaba de un compañero suyo, que haciendo caso omiso de su consejo, se hizo un bastón con una rama de adelfa. Le salió un eczema en la mano que tardó meses en curársele. Es curiosa la relación entre la botánica y el umbral del mal. Tal vez por eso, en Mallorca, se le llama herba pudenta, pero también fesolera de llum que es bonito y en Cataluña figuera infernal borda que es tremendo. Higuera infernal bastarda, el no va más. Los que fuimos lectores de Salgari, sabemos que los malvados thugs adoradores de la diosa Kali envenenaban a sus víctimas con pócima de datura. Y parece que el ungüento con que las brujas untaban sus escobas estaba hecho de Datura stramonium que es la que tenemos por aquí y que ese ungüento provocaba unas ganas inusitadas de volar. Así que ojo con la datura, aunque tenerla en el jardín sea un placer de categoría otomana. No vaya a ser que nos dé por practicar el balconing.

Les doy la tabarra con la datura porque la nueva droga de la que se habla en la prensa, la burundanga, se elabora con datura, como el ungüento de las brujas. Esto de la burundanga suena al Pescaílla y a sarandonga, achílibi, achílibi, con Lola Flores taconeando acelerada y pasado todo un poco por África. Por lo del prefijo “burunda”. Resulta que la burundanga anula la voluntad después de sumirte en un estado de placentera pasividad muy superior al de otras drogas. Y en ese trance puedes robarte a ti mismo (para dar tu copiosa fortuna a otros, claro), regalar tus innumerables fincas a cualquiera, soltar tus caballos por la ciudad como un Calígula de baratillo, donar tu colección de Aston Martins al primer transeúnte que encuentres, o dejarte hacer toda clase de tropelías con la sonrisa tonta en los labios. La burundanga, sí. El nombre es muy gracioso, pero sus consecuencias no tanto.

Me pregunto cuántas daturas puede haber en Mallorca. Hace años intenté sembrar dos en casa y las dos se me murieron. Si hubieran madurado ahora serían árboles y tendría que camuflarlos para que no me robaran las flores con intención de hacer burundanga. O que a mí no me entrara la tentación de convertirme en personaje de un Breaking Bad local. O en bruja que es peor y hay días que al levantarme ya tengo aspecto cabalgando sobre una escoba camino de Zugarramurdi. Y me pregunto lo de Mallorca, ante la noticia de que la burundanga se está esparciendo por toda Europa a velocidad de vértigo (creo que vértigo es la palabra adecuada) y no sólo porque en Son Espases se detectara el primer caso de intoxicación por burundanga. Siempre hemos sido pioneros, ¿no lo íbamos a ser en esto?

Pero mi verdadera preocupación es otra. ¿Será la burundanga la clave de todo lo que nos está pasando? Llevo tiempo que cuando abro el periódico y leo, tengo dos sensaciones contrapuestas. ¿Nos hemos vuelto tan absurdos como parece, o soy yo quien me he vuelto más raro de lo que ya era y veo las cosas como no son? ¿Está el aire de Mallorca y del país entero infectado de polvos de datura higuera infernal bastarda, ya saben o soy yo que estoy “zumbao”? Hagan ustedes mismos la prueba y piensen en clave burundanga. Da lo mismo si es la política, el turismo, la enseñanza, el periodismo, la iglesia, la literatura, el lenguaje, la administración o lo que quieran: burundanga por aquí, burundanga por allá. Si no, es imposible comprender nada.

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¡Eres un Bernstein!

Eduardo Jordá

Durante un debate en una asamblea estudiantil, en Palma, en los últimos años del franquismo, un estudiante se puso en pie, señaló con el índice a otro estudiante que acababa de intervenir en la asamblea, y le gritó furioso mientras hacía un terrible gesto de asco, como si tuviera delante un cesto de anguilas podridas:

-¡Cállate ya, traidor revisionista! ¡Eres un Bernstein!

De pronto se hizo el silencio. El estudiante señalado con el dedo, el que había recibido la acusación de ser un Bernstein no un Frankenstein, no, sino un Bernstein, se puso pálido, agachó la cabeza y abandonó abochornado el salón de actos de la Facultad. Ninguno de nosotros sabía quién era aquel misterioso Bernstein, pero las palabras que acompañaban la acusación del otro estudiante “traidor revisionista” anunciaban lo peor. En aquellos años de delirio ideológico, traidor revisionista o sus correlatos, “desviacionista”, “posibilista”, “reformista” era una acusación terrible. Cualquiera de nosotros, los dóciles marxistas que intentábamos aprendernos el catecismo de Marta Harnecker, podríamos haber soportado impertérritos que nos acusaran de ser ladrones o incluso asesinos. Pero la acusación de ser un “traidor revisionista” superaba todo lo imaginable. Ser un traidor revisionista significaba ser un vendido al capital y un partidario de las reformas graduales. O dicho de otro modo, suponía ser un defensor de las tibias ideas socialdemócratas de Eduard Bernstein, aquel político alemán que se atrevió a poner en tela de juicio los dogmas de Marx y Lenin y aceptó la democracia parlamentaria y el reformismo del sistema capitalista. Y encima era judío, el pobre. “¡Cállate ya, Bernstein!”

Por una de esas piruetas perversas de la historia, todo el mundo sabe quiénes fueron Marx y Lenin y el Che Guevara o Fidel Castro y Hugo Chávez, pero casi nadie sabe quiénes fueron Eduard Bernstein o Jean Jaurès, los dos grandes teóricos de la socialdemocracia y quizá o sin quizá los más grandes líderes políticos de la izquierda del siglo XX. Si existe el Estado del Bienestar en Europa, si muchos países europeos han alcanzado algo muy parecido a la justicia y a la igualdad de oportunidades aunque ahora nadie parezca querer acordarse de nada, todo se debe a estos dos políticos socialistas que apenas nadie conoce. Jaurès se opuso a la guerra del 14 y esa oposición le costó la vida, porque lo mató un fervoroso nacionalista de extrema derecha. Aunque Jaurès era un jacobino partidario de la indivisibilidad de Francia, quería introducir el estudio del bretón y el occitano y el catalán en las escuelas francesas, y también defendía una mayor autonomía para las diversas regiones francesas (cosa que lo diferenciaba de todos los políticos de su época). Bernstein, por su parte, tenía un gigantesco talento filosófico y económico, ya que consiguió desmontar todos los argumentos de Marx en un momento en que se consideraban un dogma inamovible. De hecho, la acusación de revisionismo contra el pobre Bernstein “¡Cállate, Bernstein!” venía precisamente de su atrevimiento a revisar, uno por uno, todos los dogmas de Marx.

¿Siguen existiendo ahora las diferencias entre los nuevos Bernstein y los que les acusan de ser traidores y revisionistas? Por supuesto que sí. Y la prueba está en las peleas entre Podemos y el PSOE, es decir, entre los herederos de los viejos dogmas de Marx y los herederos del revisionismo de Bernstein. Por mucho que digan, por mucho que finjan, el desprecio y el odio siguen existiendo y son tan potentes como lo eran en la época de las asambleas estudiantiles de la Transición (en realidad, Podemos es una especie de asamblea estudiantil “vintage” de los últimos años del franquismo, sólo que con smartphones). Podemos o mejor dicho, Pablo Iglesias y su núcleo duro aspiran a destruir el sistema, y por eso prefieren aliarse con los independentistas, tal vez con la esperanza de proclamar algún día una república (aunque de esa república se desgajen Cataluña y Euskadi). Y mientras tanto, el PSOE o al menos las mejores cabezas del PSOE, que no son la de Sánchez prefiere moverse dentro del realismo y del posibilismo. En estas condiciones, es muy difícil que surja alguna clase de acuerdo viable. Tarde o temprano, algún fanático de la pureza revolucionaria acabará gritando: “¡Cállate ya, traidor revisionista! ¡Eres un Bernstein!”

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El factor humano

José Carlos Llop

Hace poco más de un siglo un escándalo sacudió a la sociedad mallorquina. Una acróbata circense con corsé y mallas saltó de boca en boca y no por haber besado tanto. Es sabido que unas piernas bonitas son el metrónomo de la música del mundo y a veces su trastorno, y la mención de aquellas piernas desencadenó la tormenta a la sombra de la catedral y entre las paredes del Círculo Mallorquín. Hubo de todo. Protestas ante el gobernador civil. Anatemas en púlpitos. Sarcasmos groseros en los cafés. Cuchicheos a la salida de misa. Rivalidades periodísticas y políticas. Condenas en todas las casas, tantas como afán de curiosidad masculina –y alguna que otra femenina– por el asunto.

Miguel Villalonga novelaría este episodio años después en Miss Giacomini, una novela tan deliciosa como divertida, que es uno de nuestros mejores retratos. ¿Lo sigue siendo? Mallorca ha cambiado mucho desde entonces, aunque sus pecados –públicos y privados– sigan siendo casi los mismos. Pero este ‘casi’ es importante: ahora la isla es una sociedad mucho más libre, pero también una sociedad desarticulada y desestructurada donde cualquier cantamañanas hace pasar por verdades sus mentiras y por conocimiento su ignorancia de saltimbanqui. A estas alturas esto no es bueno ni es malo: simplemente es. O como dicen por ahí: es lo que hay. Siendo por tanto así las cosas, ¿se imaginan lo que hubiera podido hacer Miguel Villalonga con el asunto del obispo? Pues no lo intenten: probablemente poca cosa. Miss Giacomini ha dejado de ser un espejo y lo es sólo de nuestro pasado. La clave ahora está en la ausencia de escándalo, o lo que es mejor: en la inexistencia de ganas de escandalizarse. O lo que es mejor aún: en la pérdida de sentido del escándalo. El asunto del obispo o The Bishop’s Affaire no daría para una novela breve como Miss Giacomini, salvo para aquellos –o aquellas– que recogen los trabajos de otros y se los hacen suyos.

César González-Ruano, allá por los años treinta, lo escribió de esta manera: ‘ahora la vida ya no es una novela, es sólo un reportaje’. Y aquí el chándal del obispo es, precisamente, lo que nos da el reportaje. Nada de ‘Roma locuta, causa finita’ –convertido en eslógan periodístico–: el chándal y sólo el chándal. ¿Puede alguien enamorarse y presentarse ante la enamorada en chándal? El chándal es como el pelo teñido del impostor Enric Marcó, aquel catalán que engañó a todos haciendo creer que había estado en un campo de exterminio nazi. Un hombre que se tiñe el pelo es como otro que recibe a sus amistades en chándal: ambos nos dan la medida de su impostura en el tinte y en la prenda. Y en alguien, digamos, tan litúrgico como un obispo, la vestimenta acarrea todavía más delito.

Cuando acababa de llegar a Mallorca procedente de Ibiza o de Tortosa, que no lo sé, me encontré al obispo en el Parc de La Mar, vestido con chándal y provisto de un gorro como de pitufo. Era él, sin duda, y pensé que estaba haciendo deporte, con lo que no me sorprendió la prenda y achaqué aquel estrambótico gorro al camuflaje. Tampoco olvidé, entre los pinos, ni su mirada, ni su gesto facial: no era de pastor. Había una rara altivez surcada por la desconfianza en ese rostro, pero no le di más importancia. Uno no tiene contacto con obispos y por tanto no sabe cómo miran cuando hacen deporte y tampoco cuando no lo hacen.

La segunda vez que lo vi por la calle –hace de eso un año– ya me sorprendió un poco más, porque aquel rostro no sólo no se había pacificado, sino que había incorporado una mueca que también intenté interpretar. Estoy convencido de que el uso habitual del chándal embrutece y aquella era la mueca de un hombre poco sutil –es lo que tiene el chándal, insisto–, que minusvalora lo que no conoce, pues considera que si no lo conoce es porque no vale la pena. Pero había más. La situación tenía su vis cómica. El obispo iba en su coche, sentado al lado del chófer y quería –el chófer llevaba el volante pero él llevaba el mando– que el automóvil pasara por una calle demasiado estrecha, el carrer del Vent. Mostrábase inquieto –y escribo mostrábase porque lo encuentro adecuado tratándose de un obispo– ante lo angosto de las seculares piedras de Montesión. Miraba los muros de la iglesia y del colegio donde me formé, como si le hubieran hecho algo malo. Y su gesto indicaba que la calle –como el Mar Rojo ante Moisés– debería haberse abierto a su paso. Esta fue la impresión que me dio aquella mirada y tampoco era, al menos en ese momento, la de un pastor.

Las piedras seculares de Montesión… En la Mallorca desarticulada sólo quedan las piedras: todo son palacios y palacetes. Es lo que tiene la cosa inmobiliaria y la tontería. Pero aquí sólo ha habido tres palacios –cansado estoy de escribirlo– y uno es muy moderno, tanto que nunca se le llamó palau, sino palacio March. Los otros dos son La Almudaina y el Palau del Bisbe. Ambos son edificios maravillosos, situados en el mejor lugar de la ciudad. También el Palacio March. Pero ninguno de los tres son lugares para ir en chándal. El obispo no quería perder su casa –una de las mejor situadas del Mediterráneo– y la ha perdido: aún no sabe cómo ha sido. Y mientras otros piensan en lo que piensan –Roma locuta?, etcétera, etcétera–, yo creo que al obispo lo han expulsado las piedras del barrio, hartas de verlo en chándal. La mujer –como Miss Giacomini en la novela de Miguel Villalonga– sólo ha sido lo que los franceses llaman el agente provocador. Pero en una Mallorca que no se escandaliza ante nada, un chándal todavía puede hacer estragos.

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Agítese antes de usar

José Carlos Llop

I.Si el burkini se hubiera puesto de moda en 1900, no habría pasado absolutamente nada porque la sintonía entre las dos culturas hubiera sido, en este asunto, total. Entonces los hombres y mujeres de Occidente se bañaban por separado en distintas zonas de la playa y el traje de baño femenino se parecía muchísimo más a un burkini islámico que a un, ya no digo bikini sino traje de baño de los actuales. Pero con el burkini nos hemos vuelto un poco más locos aún, por si no bastara. Si pensamos en los años 70 en España, ir a bañarse desnudos durante el día la noche era otra cosa podía costarte algún insulto, o que apareciera la pareja de la Guardia Civil y te obligara, cuanto menos, a vestirte. Por eso a cualquiera de mi generación ha de chocarle bastante ver a una pareja de gendarmes llevándose a una mujer vestida de burkini en una playa francesa y ha de recordarle, instantáneamente, su contrario. Antes se insultaba o detenía a los desnudos, ahora se insulta en Córcega hubo hasta puñetazos y aparta a los excesivamente vestidos. Hablo al margen de los símbolos; es decir, desde la relación con el propio cuerpo, que es el símbolo superior y algo que nos ocupa la mayor parte de la vida: desde su origen hasta su fin. Y la subversión, o la transgresión, parece que esté ahora en la ropa, cuando todos sabemos que no es, exactamente, así. Por mucho que esa ropa concreta sea una especie de bandera en contra de los valores que nuestra sociedad defiende. Lo mismo no es certeza, sino sospecha que prohibirla.

II. Creo que hoy, domingo, beatifican a la madre Teresa de Calcuta, tan criticada por el cómodamente feroz Christopher Hitchens, que le dedicó un ruin opúsculo, a sabiendas de que ella no iba a defenderse, no iba a perder el tiempo haciéndolo, quiero decir, y es más que probable, además, que no lo leyera nunca. Hitchens fue contestado por Simon Leys en The New York Review of Books, de manera tan firme como intelectualmente impecable (ver Breviario de saberes inútiles, recién editado por Acantilado). Leys al que a veces le pierde la rigidez malhumorada del solitario que sabe que tiene razón tenía mucha experiencia en navegar contra la corriente del mundo, ya saben, el peor enemigo del alma. Como la tenía Albert Camus. Hoy, pues, que beatifican a una mujer que pasó por la vida haciendo el bien, recordar estas palabras de Simon Leys y aplicarlas donde sea necesario: ‘En todos los campos de la actividad humana, el talento inspirado es una ofensa insoportable a la mediocridad. Si esto es cierto en el reino de la estética, en el de la ética lo es aún más. La belleza moral parece exasperar más que la belleza estética a nuestra patética especie. La necesidad de rebajar a nuestro miserable nivel, de desfigurar, de ridiculizar y de desacreditar cualquier esplendor que se eleve por encima de nosotros, probablemente sea el impulso más deplorable de la naturaleza humana’.

III. Los escritos de los que van a ser ajusticiados es decir, asesinados por cuestiones políticas, suelen ser muy superiores a la conducta de todos los que en ese mismo momento están a salvo. Ya no digamos a la burda ingeniería leguleya que los condena. En esos escritos frente a la muerte inmediata suelen figurar el perdón y la ausencia de rencor. Todo lo que no figura, en fin, en la sentencia que ha de llevarles al paredón de fusilamiento. No deja de ser una equidistancia algo diabólica. Más aún porque esas personas que esperan su trágico final, no hacen Historia en aquel instante, sino que son arrollados por la Historia. Pero esto sólo ocurre en ese momento preciso y en sus sombras posteriores, porque cuando pasa el tiempo cuando el tiempo ya no cuenta, ellos sobrepasan la Historia, traspasándola con sus palabras y aparcándola en el lado de la miseria. Lo pensaba la mañana del miércoles en el homenaje a Tano Jaume impecables su nieto Alejandro y su sobrino-bisnieto Andreu en Bellver, donde estuvo preso antes de que lo fusilaran y se ha dado ahora su nombre a la pequeña biblioteca dedicada al castillo. El mismo castillo y bosque que Tano Jaume, en sus tiempos de diputado, hizo que siendo propiedad del Estado, revirtiera en la ciudad de Palma.

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El encargo papal a Ladaria

Norberto Alcover

Aunque parezca mentira, el salto está dado. Puede que algunos lo consideren un “saltito sin relevancia”, pero la verdad es que, si tenemos presentes tantas urgencias eclesiales, la decisión papal de organizar una “Comisión para estudiar el acceso de la mujer al diaconado”, significa el movimiento más ambicioso que se haya dado en muchos años en el seno de un colectivo tan masculino como el de la Iglesia católica. Y me temo que, salvo el detalle que nos afecta como mallorquines, no le estamos dando la trascendencia que puede tener en el futuro no solamente religioso sino también social y en fin histórico. Por supuesto que solamente estamos al comienzo de lo que será un largo y complejo proceso, pero repito lo del comienzo: el salto está dado. De la misma forma que hasta ahora jugábamos en el campo del no sistemático en esta cuestión, hemos comenzado a investigar por qué razón es imposible jugar en el campo del sí. El salto está dado.

Y uno se pregunta por qué razón se ha tardado tantísimo tiempo en dar tal salto o mejor, no haber progresado de forma permanente como en otras cuestiones importantes en la Iglesia. Para nada digo “cuestiones fundamentales”, porque no lo es. Se trata de una medida llamada a modificar un estatus categorial y nunca sustancial según la teología más coherente con el Vaticano II, Otras confesiones también cristianas ya lo han hecho tras discusiones tan arduas que les han llevado hasta el mismísimo sacerdocio femenino. Pero precisamente por esta pregunta un tanto sorprendida, haya que ponderar la decisión papal, conocida nada menos que durante el estío, momento en que todo cuanto sucede está llamado a pasar menos apercibido que en unos meses antes. Las estrategias de comunicación son de una relevancia capital en los asuntos vaticanos. Supongo que Lombardi, al final de su servicio, habrá tenido que ver en esta medida subterránea.

Que en cuestión tan importante el protagonismo inmediato recaiga en el mallorquín Luis Francisco Ladaria, arzobispo, jesuita y secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es signo del talante perseguido por Francisco: una personalidad absolutamente fiel a la santa sede, en la que puede confiar sin remilgos, muy bien formado desde el punto de vista filosófico y teológico, licenciado en Derecho, profesor de Teología Dogmática en la Gregoriana, miembro de varias congregaciones vaticanas, entre ellas la de obispos, además de buen conocedor de los diferentes matices eclesiales, y de forma específica, una personalidad en absoluto protagonística tanto a nivel social como eclesial, que presidirá la Comisión con firmeza pero del todo abierto a los puntos de vista ajenos por diversos que puedan ser. Ladaria, quien ha conocido y tratado en profundidad los casos de pederastia intraeclesiales por su cargo, siempre ha destacado por su equilibrio y por su objetividad en el tratamiento de todas estas delicadas situaciones de los últimos años, de enorme complejidad como es de sentido común suponer.

No esperamos sensacionalismos por su parte, tampoco noticias subterráneas. Solamente eficacia y seriedad a ultranza en lo que el papa le ha encargado: presidir un grupo de trabajo para investigar los pros y contras del acceso de la mujer al diaconado. Ni más ni menos. Porque no estamos tanto ante un grupo ideológico antes bien investigador de la historia de la Iglesia, pasada y presente, camino del futuro, para situar esta cuestión en la tradición y no menos en la teología. Ladaria evitará derivaciones ideológicas, como ya he escrito, para evitar confrontaciones inútiles, por lo menos en este momento del salto. Es la hora de investigar en paz y serenidad. Es el momento de presentarle al sucesor de Pedro suficientes elementos para que actúe en consecuencia, después de esta comisión de estudio e investigación. Compuesta paritariamente por hombres y mujeres. Con este tipo de materiales sería un riesgo inútil dejarse llevar por personalidades mucho más atractivas que la de Ladaria pero de menos aceptación genérica. Estamos en el comienzo. No es tiempo de cosecha todavía porque es tiempo de siembra intelectual e histórica. Las prisas matarían la criatura.

Por lo tanto, Ladaria no es un progresista de moda: exacto. Ni un rupturista peligroso: por supuesto. Pero de nuevo me reafirmo en que para esta tarea es un hombre cualificado dada la universalidad eclesial, la pluralidad vaticana, las sospechas de muchos católicos respecto de este papa, y en fin, la necesidad de quien modere y nunca rompa la baraja a favor o en contra de las opiniones en liza. Y sin embargo conoce, en pura lógica, la actitud del pontífice, quien no en vano ha dado el empujón primero para sumergirnos en materia tan susceptible de pasiones encontradas. Conozco a este hombre desde hace muchos años, he leído sus textos, comparto la tesis de quienes le juzgan un personaje independiente, equilibrado y hasta puede que un tanto gris en el mundo vaticano. Pero precisamente estas aparentes limitaciones le hacen apto para presidir esta comisión que, sin lugar a dudas, dará mucho que hablar en el futuro.

Cuando le vea este mismo verano, le agradeceré haber aceptado esta misión eclesial, puede que ingrata por sus conocedores de su capacidad, estamos a su lado, como también lo está otro profesor de Comillas y jesuita como él, el padre Santiago madrigal, profesor de Historia de la Iglesia desde hace años y uno de los mejores conocedores del Vaticano II. Como mallorquines tenemos que estar satisfechos de esta designación papal, y esperar con fundamento que nuestro Luis Francisco Ladaria desarrollará como Dios manda su presidencia en beneficio del diaconado femenino en la Iglesia. Aunque sea verano, vale la pena pensar en todo esto con esperanza fundada. Desde el evangelio, faltaba más.

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Ladaria

Adiós, Estambul

José Carlos Llop

André Aciman es un escritor egipcio de familia judía afincada en Turquía hasta 1905, año en que se trasladaron a vivir a Alejandría. Allí nació Aciman en 1951 y en su casa, además del árabe y el italiano, se hablaba francés, griego y sefardí. Lo que nuestro Llorenç Villalonga, al construir frases con palabras procedentes de varios idiomas, llamaba un volapuck. Aciman, escribe en inglés, que es la lengua, en el siglo XX, donde han desembocado todas las demás. Y en inglés publicó un maravilloso libro de memorias alejandrinas me lo recomendó el poeta y curator Enrique Juncosa hace años, titulado Out of Egypt. A memoir (traducido en Europa como Adiós, Alejandría). En él cuenta la vida de familia en su ciudad natal y cómo, a partir del nacionalismo de Nasser, se va enrareciendo esa vida cosmopolita de la ciudad hasta convertirse en otra ciudad distinta y asfixiante. No la ciudad que hemos amado en la literatura la de Cavafis y Durrell y que, de alguna manera, nos hizo como hemos sido después, sino una ciudad de la que escapar.

Oriente próximo es un imaginario para Occidente y fue, desde el romanticismo, un refugio sentimental y una actitud estética. Pierre Loti se va a Estambul. Delacroix recorre El Magreb. La lista de escritores y artistas con deriva orientalizante es larguísima. Pero el palestino Edward Said que vivía en Inglaterra consideraba el orientalismo una forma de colonialismo. Si lo fuera, cosa que no creo, lo sería de la misma forma que lo es el amor: desde la admiración, la celebración y el deseo. Courbet pintó El origen de la vida primer plano del sexo de una mujer para un sultán turco, no para un monarca occidental, y el libro Estambul, de Orhan Pamuk, nos enseñó que las costumbres de la cultivada clase media turca en los sesenta especialmente sus relaciones familiares no eran muy distintas de las nuestras. Siglos atrás, por Venecia se paseaban los altos e hinchados turbantes, los jenízaros hicieron temblar la Viena imperial y Bizancio siempre fue la memoria de otra Europa que no pudo ser.

Todo esto menos los jenízaros se ha acabado esta semana con el golpe de estado en Turquía. No el golpe frustrado de los militares, sino el que han puesto en marcha el presidente del país y sus mezquitas. Algo que viene de más atrás y no se improvisa en una noche de confusión sino en fríos despachos y con tiempo. Las decenas de miles de depurados y detenidos en todos los estamentos profesionales de la sociedad especialmente la urbana e ilustrada, como en Alejandría son la muestra de un plan preparado de antemano y destinado a eliminar cualquier signo de querencia europea, o de aprecio y convivencia entre ambas culturas: cualquier signo, en fin, de diferencia con el pensamiento ahora dominante en Turquía. No la desarticulación democrática de un golpe militar. Las fotografías de la represión en la calle son escalofriantes y el experimento que inició Ataturk ha durado un siglo. Así lo tratarán los libros de texto: como un paréntesis experimental y, probablemente, contra-natura. De la Sublime Puerta al Gran Cerrojazo.

Estamos, pues, contemplando el fin de una civilización y quizá lo de Estambul también sea simbólico de un final superior al suyo propio: otro fragmento del fin del mundo tal como lo conocimos. Todo pasa muy deprisa ahora y pienso en el poeta José María Álvarez, que tantos atardeceres estambulíes ha descrito en sus poemas. Pienso en Nieve, otra vez Orhan Pamuk, la novela donde se respira, inquietante, la migración del interior turco atrasado y creyente sin más hacia las ciudades antiguas de costumbres modernas y en cómo esa migración campesina se ha infiltrado, de mano de clérigos y políticos islamistas, en la Administración y en algunos departamentos universitarios y en esas ciudades viviendo en ellas pero no amándolas, para abandonarlas a su decadencia y así olvidarlas mejor. Para mejor olvidar lo que fueron, quiero decir, y reinventarlas de nuevo, no precisamente modernas, ni abiertas.

Todos amamos Estambul, hayamos estado en ella o no. Los primeros, los estambulíes, que han visto cómo poco a poco la ciudad les era arrebatada. La amamos antes de que Pamuk escribiera su libro inolvidable. La amamos en las novelas de Eric Ambler y en las de John Le Carré. En la literatura de Tanpinar y de Mario Levi y en las fotografías del armenio Ara Güler. En el cine de Nuri Bilge Ceylan y en la realidad de los viajes. El puente de Galata o el barrio de Beyoglu nos son tan familiares como El Trastevere o Le Marais. Y la sensación ahora es de pérdida. Otra más. Una pérdida que, aún siéndolo y grande, nunca será tan grave como la de los propios estambulíes que han crecido en la ciudad retratada por Tanpinar y Pamuk. ¿Será posible, a partir del domingo pasado, vivir como en El libro negro o en El museo de la inocencia? Sabemos aunque no queramos decirlo en voz alta, por si acaso que no. Que ya no y que, probablemente, nunca más.

Cuando empezamos, por edad, a ser memoria, nos resistimos a que todo vaya convirtiéndose, precisamente, en memoria. No queremos espejos, sino paisajes distintos a los que conocemos. Queremos que exista la posibilidad al menos la posibilidad de refugios sentimentales y Orientes varios. Queremos que lo que pudo ser, de alguna manera sea. Queremos que lo construido con dificultad y durante años, no se derrumbe y desaparezca. Y en cambio vivimos un tiempo donde todo son signos de lo contrario. Lo ocurrido en Turquía esta semana subraya y acentúa este tiempo de demolición. La ceremonia de los adioses continúa. De Alejandría a Estambul. De lo grotesco del Brexit británico a lo trágico del autogolpe turco. Y nosotros, en medio y heridos por el yihadismo y por nosotros mismos, cada vez más frágiles, ignorantes y narcisistas, viviendo entre sombras donde nada bueno se vislumbra. Como dice uno de mis mejores amigos, que nunca, nunca, pierde el humor: “Lo contentos que deben estar los chinos, los indios y los coreanos”.

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A vueltas con Cela

José Carlos Llop

Somos una sociedad donde la creación del personaje es a veces más importante que la creación artística en sí misma. No es un trabalenguas. Suele llamar más la atención un artista con máscara pública -provocadora a ser posible y militante de lo nuevo aunque lo nuevo sea una chorrada- que su obra. Es más: su obra -o mejor: la noticia de su obra, otra cosa es que lo lean- llegará a más gente cuanto más llamativo sea el personaje creado por sí mismo. Sigue leyendo

Cervantes y Shakespeare

Eduardo Jordá

Durante muchos años se creyó que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día, un 23 de abril de hace cuatrocientos años. Uno de mis profesores el de Formación del Espíritu Nacional alardeaba mucho de esa coincidencia, y casi venía a decirnos, levantando un poco los talones para parecer más alto sobre la tarima, que el pobre Shakespeare, que en realidad era un muerto de hambre, había querido morir el mismo día que Cervantes para poder robarle así un pellizco de su gloria de genio inmortal. Sigue leyendo

Rayas en el agua

Eduardo Jordá

Los politólogos son a la política lo mismo que los pedagogos a la enseñanza. Saben o se supone que saben cómo se ganan las elecciones. Lo que no saben es cómo se puede crear empleo o cómo se pueden dignificar los salarios (sin crear un millón de nuevos funcionarios con cargo a los presupuestos del Estado, se entiende). Y lo mismo les ocurre a los pedagogos. Mi hijo tiene que estudiar estos días las jarchas mozárabes. ¿Quién diablos sabe lo que son las jarchas mozárabes? Sigue leyendo